Domingo, 18 de febrero de 2007 a las 12:12
Son curiosas las múltiples anécdotas que en ocasiones nos impelen a sorprendernos, a veces hasta incluso trastabillar a causa del inevitable simbolismo enclaustrado en sus accidentales circunstancias...
Fortuitas para quién las vive, pero no para quién se topa con ellas desde la disociación de otro plano, inconexo en apariencia, pero recordándole algún instante de su propio destino, o tal vez de una trayectoria ajena.
Últimamente no hago más que darme de bruces con signos que traduzco como inequívocos, y no siempre relacionados con mi propia existencia. En más de una ocasión he sentido la tentación de alertar a aquellas personas en quienes intuyo el error en el que se sumergen pero, ¿quién soy yo para erigirme como protectora oficial de nadie que ya sea adulto, si suficiente tengo con sortear mis propios obstáculos?...
Si yo veo, cualquiera puede ver, porque
"nadie es mejor que nadie, ni existe el antídoto contra los idiotas" (frase sublime de Levi :p).
Y todo ello me lleva a recordar, transportándome en el tiempo, a cierto día no muy lejano... digamos que fue hacia mediados del mes de Diciembre del año pasado, cuando recogí de mi buzón una carta, una sencilla felicitación de Navidad de la entidad que guarda mis dineritos (porque esconderlos bajo alguna de las baldosas de mi hogar podría dar lugar a la incesante fiscalización de mi perrito y, aunque mi liquidez no es en absoluto envidiable, al menos me da para comer... y a él también).
En aquél momento las palabras de aquella misiva me parecieron muy hermosas, y la guardé entre el pamplinoso sinfín de porquerías atesoradas por la que suscribe y que ayer regresó a mí, desde un inocente olvido, al caer un montón de papelitos, arrastrado por una fortuita corriente de aire que yo misma provoqué al pasar junto a ellos (y no fue por el vino ingerido durante la cena).
¿He dicho de bruces, verdad?...
Y aquél mensaje, orientado a ser una simple felicitación por el nuevo año, se incrustó en mis pupilas al instante, mostrándome que encierra mucho más que cortesía (aunque el remitente no lo sepa, ni tiene por qué). Y dice algo semejante a ésto:
"Hace mucho tiempo, en otra época, un mercader florentino le propuso a un artesano que realizara una réplica de una antigua escultura. El artesano, que necesitaba el dinero, obviamente aceptó el encargo.
Pasado un tiempo, el mercader recibió su reproducción y entregó ésta a su cliente, que pagó el precio concertado previamente. Pero cuando el comprador pudo contemplar la obra con calma, a solas, quedó absolutamente sobrecogido e, inmediatamente, se puso en contacto con el mercader...
Quería conocer personalmente al artista desconocido.
Ante la petición, el mercader rompió a reír: el escultor que buscaba no era un artista, sino un simple y pobre artesano. Pero el comprador insistió y, finalmente, logró concertar una entrevista con el artesano al cual, nada más verlo, le confesó la profunda admiración que sentía por su enorme talento.
El tiempo de las copias había terminado.
A partir de ese momento comenzaba una nueva etapa: trabajaría para él como artista, creando sus propias obras en el Vaticano.
Aquél artesano era Miguel Ángel. Su talento y originalidad eran tan desbordantes que era incapaz tan sólo de copiar. De hecho, jamás copió, porque él siempre fue un paso por delante."
El que quiera entender, que entienda. Y el que no... que haga trabajar su cabecita un poco más ;-)
© Sonja (2007)
No es tanto ver lo que aún nadie ha visto, sino pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven.
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